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Nicolay Marchuk
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LAS REFORMAS LIBERALES Y LA GUERRA DE INDEPENDENCIA EN AMÉRICA LATINA

Con respecto a ello en el segundo capítulo se analizan las relaciones entre los modos de producción de la economía colonial. El autor apoya la opinión de algunos investigadores rusos (Litávrina entre ellos) quienes destacan en la Iberoamérica colonial la formación de los grandes latifundios como propiedades privadas burguesas, así como los métodos de la explotación, fundados en la dependencia económica del trabajador. Sin embargo subraya que, aunque ese proceso se había progresado mucho durante 300 años del coloniaje, aún faltaba por realizar tanto que de las transformaciones agrarias muy importantes se ocupó no sólo la Emancipación, sino también las revoluciones y reformas de la segunda mitad del siglo XIX. El carácter de dichas transformaciones no estaba condicionado por el famoso "dominio del latifundismo feudal", sino, al revés, por su divulgación insuficiente y, como concencuencia, por una débil dependencia económica del trabajador.

Las tendencias prinicpales del cambio en la Emancipación consistía en la resolución de dos conjuntos de tareas diferentes, pero entrelazados. En primer lugar, el auge de la producción mercantil había planteado la integración de Iberoamérica al nuevo sistema de la economía mundial que desde los fines del siglo XVIII venía formándose alrededor de la futura "fábrica mundial" y la "soberana de los mares", Inglaterra, a base del principio primordial de la economía política del liberalismola libertad de comercio y empresa. Y en calidad del obstáculo principal para dicha integración estaba destinado para la destrucción el régimen colonial con sus monopolios, prohibiciones, limitaciones, reglamentaciones, impuestos de carácter mercantilista.

El segundo conjunto de tareas consistió, en el sentido más general, en que todas las relaciones socio-económicas de América Latina fueran ajustadas al mismo principio del librecambismo. De ahí que en el capítulo se analizan las relaciones socio-económicas que se habían formado alrededor de dos (de los tres) principales factores de la producción — la tierra y el trabajo.

En cuanto al primero de dichos factores — la tierra — las tareas burguesas en la Emancipación consistían en liquidar los obstáculos para su conversión en la mercancía. Con respecto a ello estaban destinados para la liquidación o la mayor reducción posible las formas inenajenables de la poseción territorial — los dominios de la iglesia y de los conventos, el mayorazgo, las tierras de comunidades indígenas e incluso una parte de tierras comunales. Junto con la privatización de inmensos baldíos (tierras realengas), la anulación de la inalienabilidad de las poseciones significaría la fundación del mercado de tierra (como el principal medio de producción en las condiciones de América Latina) más o menos normal. Dicho en otras palabras, significaría la conversión de la importante parte de la tierra en la propiedad privada de tipo burgués. Y ese contenido de las transformaciones agrarias burguesas no sólo no supunía la destrucción del "latifundismo feudal", sino que, al contrario, era increíble sin un aumento sustancial de la cantidad y las dimensiones de las propiedades territoriales privadas.

En cuanto a la tarea de la formación de un mercado de la mano de obra normal, es decir, no de la mano de obra asalariada como tal (la cual siempre existió en las colonias), sino de la mano de obra suficientemente numerosa y barata, el obstáculo principal para el desarrollo del capitalismo no lo constituyó el latifundismo "feudal", sino los baldíos realengos, los cuales junto con las tierras de las comunidades y reducciones indígenas todavía se conservaban como la "propiedad popular" y aseguraban a millones de personas una existencia bastante cómoda, a sus juicios, e independendiente. Esta circunstancia influyó muy negativamente al estado del mercado de la mano obra. Por ejemplo, la comparación entre los peones de Iberoamérica y de Inglaterra tanto por sus salarios, como por su poder adquisitivo ha demostrado que la remuneración incluso de los indios mitayos era en aquella época casi dos veces mayor que la de los trabajadores europeos. En particular, las quejas de los ganaderos del Río de la Plata testimonian que incluso por un trabajo relativamente fácil éstos se veían obligados a pagar a los gauchos libres un jornal diario equivalente al precio de una vaca entera.

Aún así, las remuneraciones que eran increíbles para Europa, en Iberoamérica no podían asegurar ni la cantidad de la mano de obra, ni la disciplina laboral necesarias para el capitalismo (también son testimonios de ello las numerosas quejas de los empresarios iberoamericanos citadas en el capítulo). Es por ello que se había empleado tanto las distintas formas del trabajo coercitivo, las cuales costaban menos que el trabajo asalariado. Se ha calculado, por ejemplo, que la mano de obra esclava en toda la Iberoamérica era dos veces más barata que la asalariada.

De esta manera sin la expropiación de millones de los indígenas comunales y pequeños usufructuarios ilegales de las tierras realengas ni el alto desarrollo de la producción mercantil, ni el alto desarrollo de la circulación mercantil todavía no convertían al capital en la relación de producción dominante. Por lo tanto para que el capital iberoamericano pudiera de hecho instalarse sobre su base "natural", o sea el trabajo asalariado, a las revoluciones burguesas les tocaba terminar la llamada "acumulación originaria" con los métodos bien conocidos en Europa, esto es con la expropiación violenta de los trabajadores y su coersión al trabajo asalariado por medio de las leyes contra los "vagos". Así que tampoco en esa cuestión se trataba de liquidar el latifundismo "feudal", sino que, al revés, seguir desarrollándolo en adelante, aumentando tanto la cantidad, como las dimensiones de las propiedades agrarias privadas.

Algunas de estas medidas necesarias ya se habían aplicado, bajo la presión de los empresarios iberoamericanos, en la segunda mitad del siglo XVIII. Sin embargo, las rebeliones populares contra las reformas expoliadores burguesas, el interés de los poderes coloniales por conservar la estabilidad y muchos otros factores habían coadyuvado a que la resolución fundamental de las cuestiones burguesas le tocó realizar a la Emancipación.

El tercer capítulo se dedica a la investigación de los problemas relacionados a las fuerzas motrices, la hegemonía y el contenido concreto de las transformaciones económicas, sociales y políticas durante la Emancipación. Aunque hasta hoy se encuentran las descripciones de la Emancipación en el espíritu de la "fraternidad criollo-indígena-negra" en la lucha contra los colonizadores, sobre este idilio desde hace décadas está pendiente, como la espada de Damocles, un razonable planteamiento "revisionista". Es que España hasta 1814 estaba ocupada por las tropas napoleónicas y era incapaz de mandar refuerzos a sus colonias. Sin embargo la primera etapa de la Emancipación (1810-1815) casi en todas las partes de Hispanoamérica sufrió la derrota. Entonces quién y contra quién había luchado y quién y a quién había vencido?

En busca de respuestas el autor esclarece por qué fueron los latifundistas quienes intervinieron como los iniciadores y como la fuerza hegemónica en la Guerra de Independencia, así como qué tipo de reformas emprendieron desde 1810. Una especial atención se presta al cambio radical en las relaciones de la propiedad de la tierra, el cual solía quedarse desapercibido por los historiadores, pero explica en mucho la tenacidad de la resistencia popular a las reformas mercantiles que se realizaban. Por cuanto la Emancipación latinoamericana era una revolución de los latifundistas y para los latifundistas, la ideal fuerza motriz para tal revolución la componían las milicias dirigidas por los mismos latifundistas.

Una atención especial merece en el capítulo la etapa más "sincera" de la Emancipación, la de 1810-1815, cuando las llamadas "luchas paralelas" de las masas populares no habían logrado todavía (como en Argentina, Venezuela y la Nueva Granada) o no habían logrado jamás (como en Brasil) "enturbiar" la corriente burguesa de la Guerra de Independencia. Al analizarla, el autor, contrariamente a aquellos que no ven ningún cambio en la primera etapa, descubre en todos los países mencionados una intensa acción de los latifundistas criollos por realizar todo un conjunto de transformaciones económicas, sociales y políticas, imprimidas por la clásica doctrina burguesa — la del liberalismo. Con ello los latifundistas perfilaron los contornos de una revolución "netamente" burguesa, la cual se tradujo en lo siguiente:

  1. Liberación del comercio y de la producción de las cadenas mercantilistas e introducción del librecambismo.

  2. Destrucción (a través de anulaciones, privatizaciones, expropiaciones, luchas contra la "vagancia", etc.) de las viejas relaciones territoriales, laborales y mercantil-monetarias y su sustitución por las nuevas — por la propiedad privada burguesa (el mercado de medios de producción), por el mercado de la mano de obra asalariada y por el mercado de capitales (el sistema de crédito monetario). Dicho de otra manera, la colocación de los cimientos primordiales de la economía mercantil capitalista.

  3. Destrucción de la vieja sociedad estamental y su sustición por la sociedad civil.

  4. Derrocamiento del poder "despótico" y construcción de los Estados independientes a base de las recetas liberales.

En el cuarto capítulo mediante el análisis de los resultados finales de la Emancipación, es decir después de finalizar su segunda etapa (1816-1826), se comprueba el mismo carácter de las transformaciones burguesas en toda la Iberoamérica, excepto Haití y Paraguay. Los cuatro rubros de reformas se describen detenidamente a base de los numerosos actos legislativos adoptados en cada país iberoamericano.

Por cuanto la revolución iberoamericana no tenía nada que ver con el escenario jacobino en Francia (con su papel de las capas bajas y reforma agraria campesina), el quinto capítulo trata de esclarecer dónde se encontraban las masas populares iberoamericanas durante la Guerra de Emancipación, contra quién y por qué combatían. El análisis de las corrientes "paralelas", esto es de las luchas de los esclavos nergos, de los indígenas, del pequeño campesinado libre y de las capas bajas urbanas comprueba, sin lugar a dudas, todas las características inmanentes al democratismo revolucionario. Con todo, las mismas contradicciones socio-económicas y raciales, al igual que el propio carácter de las transformaciones burguesas en América Latina, predeterminó no una "fraternidad criollo-indígena-negra", sino un enfrentamiento tenaz entre ese democratismo revolucionario y el liberalismo latinoamericano. Esta lucha se desarrolló independientemente del color de las banderas (podría ser del color monarquista, como en el caso del movimiento de J.T. Boves en Venezuela, independentista, como en el movimiento de M. Hidalgo y J.M. Morelos en México, o tener su propio color, es decir antimonarquista y antiindependentista, como en el caso de la "montonera" rioplatense), pero tenía una gran importancia para que entre los resultados finales de la Emancipación aparecieran algunas conquistas sociales de las masas populares.

Una especial atención se presta en el capítulo a los sucesos en Haití y Paraguay, donde, según la opinión del autor, en la lucha encarnizada el democratismo revolucionario de las mayorías populares llegó a derrotar e incluso aniquilar al liberalismo burgués. Pero el resultado de ello no fueron las relaciones "consecuentemente capitalistas", sino un "desvío" de la revolución burguesa, el cambio radical de su carácter.

En las conclusiones el autor vuelve al cuento filosófico hindú. Subraya que con respecto a la Emancipación iberoamericana, durante la cual se libró una verdadera guerra entre las mayorías populares y la burguesía terrateniente, lo único que es capaz de proveernos la vieja tradición "jacobina", es una visión de la relidad iberoamericana completamente terjiversada, dando por "lo más puramente burgués" aquello que de hecho era antiburgués, por "lo feudal" — lo que se había construido según las recetas del liberalismo clásicamente burgués, por una orgía sangriente de las "bandas llaneras" — lo que en realidad era lo profundamente popular, y por lo popular — lo que en su escencia era antipopular. El autor afirma que ha llegado el momento oportuno para pasar del concepto de la "revolución burguesa", impregnado por la mera ideología, al otro que sería más científico, e invita a los investigadores a dirigir sus esfierzos a ese fin.

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